JOHAN GALUÉ. ENTRE LA MAGIA Y LA EMOCIÓN TANGIBLE

20 mayo, 2020

Susana Benko

Uno de los distintivos de parte de la figuración pictórica zuliana sea la tendencia al realismo mágico y al surrealismo. Bastantes ejemplos memorables hay provenientes de esta región del país. Por ello, se nos hace natural situar bajo este criterio la obra de Johan Galué, uno de los jóvenes más prominentes de la nueva generación de artistas del Zulia. Precisamente por esto, creo no equivocarme al decir que Johan no es ajeno al contexto cultural donde se ha formado. Él en cierto modo parte de esta tradición, pero a fuerza de pasión y perseverancia, la renueva continuamente y es por ello uno de los principales representantes de una potente figuración que se está desarrollando actualmente en Venezuela.  

 

Si bien es cierto que el elemento surreal es un distintivo de su obra, también hay que decir que es una apreciación parcial de ella. Johan sorprende primero por su prolífica producción, y luego, por la vehemencia e intensidad de sus imágenes que nos hacen cuestionar, una vez más, qué es lo que en el fondo podemos considerar como real. ¿Hasta qué punto la surrealidad es resultado de lo onírico y de la imaginación pura? ¿Acaso los sueños no son una realidad? ¿No será que estamos ante una realidad exacerbada que deriva de aquélla que consideramos “verdadera” u “objetiva”? ¿Acaso la visión de un rostro no delata crudamente sentimientos contenidos que expresan una tensa realidad interior? ¿No son los sueños y las emociones “la verdadera realidad”? Nos podemos hacer éstas y otras interrogantes ante las obras de Johan Galué.

 

Considerando estos argumentos, hemos organizado la exposición que actualmente presentamos en el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia bajo tres grandes ejes temáticos: Mundos mágicos, Mutantes y Seres internos. Los dos primeros mantienen desde el punto de vista conceptual estrecha relación, pues en ellos se muestran situaciones en las que la magia o la surrealidad generan escenas inconexas o dislocadas de sentido. Se diferencian, no obstante, en el empleo de distintos medios expresivos: pintura y dibujo en Mundos mágicos; collage en Mutantes. En Seres internos, en cambio, el peso de lo “real” parece hacernos caer en cuenta de que el mundo de las emociones puede ser crudamente humano. Este grupo de piezas se compone de algunas pinturas, pero sobre todo de dibujos que exhibimos como una extensa galería de “retratos”. 

 

Vista su obra en conjunto, hay tres aspectos que nos interesa resaltar: primero la valoración del oficio del artista –dibujante y pintor– que Johan encarna a plenitud. Es, sin duda, un artista entregado al hacer y al imaginar. Segundo, la connotación intensamente humana que hay en todas sus imágenes: se conjugan sentimientos extremos expresados en la mayor parte de los rostros aquí dibujados. En tercer lugar, la creación de una cosmogonía simbólica que el artista realiza a partir de las dislocaciones tanto espaciales como de las figuras –seres y objetos– que resquebrajan toda lógica. 

 

¿Hay alguna explicación de porqué esto ocurre? Luego de meditarlo y conversarlo con el artista, digo ahora: no la hay. Es posible que en su fuero interno Johan algún día lo sepa, o ya lo sabe y no lo dice… Lo cierto es que puede haber muchas explicaciones sobre cuál sea la razón para crear estos mundos ilógicos y transmutados, comenzando por el hecho de que nuestra realidad cotidiana, la inmediata, está llena de situaciones absurdas, muchas tremendamente violentas.  

 

Ante la pregunta de si es surrealismo o realidad exacerbada, cabe decir que, en el fondo, ambos criterios están relacionados. Las imágenes de Johan expresan una manera de trascender esta realidad inmediata. Y, de hecho, lo surreal implica ir por encima o más allá de una realidad. Ésta puede ser tan violenta o paradójica que ya es una realidad naturalmente ‘exacerbada’. Entonces, no es de extrañar que lo mágico y lo verídico se acoplen en este conjunto de piezas. El sueño puede ser tan real como lo es la realidad “objetiva”, y ello es producto, por supuesto, de una imperiosa necesidad de reinventarla.

 

Para ello Johan crea su propia simbología. En Mundos mágicos y en varios collages, muchos de sus personajes son seres híbridos (mutantes) ya que son a la vez plantas o parte de algún objeto o animal (En un mismo rumbo, 2019). A veces flotan o levitan. O caminan y se paran al revés: patas o piernas arriba, cabeza abajo (En el campo, 2017). De forma similar, asimismo, cohabitan cabezas y otros segmentos corporales entre insectos, aves o cosas. Todos ocupan un espacio, por lo que muchos de los recintos representados por el artista se vuelven escenarios de situaciones imposibles que buscan ser ‘reales’ pero desde la disparidad de lo irreal. Los ejemplos son numerosos y muchas de estas imágenes son constantes. Podríamos incluso decir que casi obsesivas. 

 

 

Fragmentaciones y ligaduras. Simbologías múltiples

 

Una de estas obsesiones es la imagen de la germinación. A través de filamentos –tallos o lianas–, así como de cuerdas o grafismos lineales diversos, el artista enlaza seres y cosas. Hay en ello una relación de suma vitalidad. La savia nutre las plantas en su recorrido. De allí que en Mundos mágicos una figura pueda ser simultáneamente hombre y también planta, así como hay materos que contienen una planta cuyo fruto es una cabeza humana. Todo aquí es posible. Sin embargo, si bien la savia indica vitalidad, hay imágenes como las cabezas sin cuerpo que dejan un agrio sabor de violencia o muerte. Y es que, por lo general, toda imagen con connotaciones simbólicas conlleva sentidos contradictorios. De allí su significación múltiple.  

 

La necesidad de “atar” cuerpos a cosas con estos hilos vegetales implica unir fragmentos de distinta naturaleza. A veces están “unidos” a un elemento asentado sobre el suelo –un matero, una plataforma circular, etc.– (Acá espero para cenar, 2019), en otras ocasiones a objetos, plantas o animales que flotan o levitan (Compartiendo con mi mascota, 2019). No hay un sentido único en estas imágenes. Por otro lado, su condición mutante denota su naturaleza diversificada, como cuando un cuerpo, por ejemplo, en Seguimos unidos (2019), está representado por varias cabezas que se posan sobre un par de piernas o de una boca brota el aliento transfigurado en planta y enlaza una cabeza a sus botas… sin pasar por un cuerpo… (Visitantes, 2019). La planta podría ser el cuerpo –que no existe–, pero lo cierto es que imágenes similares a ésta sirven de lazo entre los seres y las cosas, como entre fragmentos corporales dispersos en el espacio (En medio del universo esto sucede, 2018).

 

El gran contenedor de este universo aparentemente disparatado es el espacio. Cumple diversas funciones: como escenario de situaciones imposibles e inversas a la lógica funcional y, por supuesto, como espacio simbólico. Contiene a su vez no sólo los seres y cosas levitantes o mutantes. También objetos recurrentes: calderos o tobos macizos que ocupan protagonismo en la escena, sillas, bicicletas, sandalias (Aquel lugar no es diferente, 2020); asimismo, trozos de cuerpo como manos, ojos, brazos que germinan de cabezas en lugar de ojos, entre otros (Donde suceden cosas, 2018); y elementos arquitectónicos tan dispersos como las figuras antes mencionadas, tales como pisos ornamentados con flejes y mosaicos, dispuestos en una supuesta perspectiva (En esta ciudad siguen pasando cosas, 2019). 

 

El espacio es tan dislocado que a veces un recinto interior es simultáneamente el mar o un río donde, paradójicamente, un personaje pesca (Pescando en mi habitación, 2018); o una escalera conduce a ninguna parte (En un universo de fantasía, 2019). Lo cierto es que la dislocación no es sólo de sentido o concreción espacial donde se asientan los seres y las cosas. Es también el lugar de la desproporcionalidad. Aquí no hay pauta lógica en la escala ni entre los tamaños de un elemento en relación con otro. Todo es intencionalmente desproporcionado. Los tamaños son dispares y ello precisamente es lo que importa. Objetos inmensos cohabitan con seres minúsculos, o al revés (Dentro de mi habitación hay un juego, 2019). Puede que se relacionen por medio de tallos o líneas (Una mirada distinta, 2019). O no. La intención pudiera ser generar en nosotros asombro o inestabilidad porque es lo que ocurre ante semejante desproporcionalidad y mundo de incertezas.  

 

Además de representar imágenes como los pisos en perspectiva y las escaleras, podemos mencionar dos constantes: el color y la importancia de la mirada. En el primero, si bien puede haber caos cromático en algunas composiciones, hay una tendencia hacia el amarillo y el azul en varios fondos. El primero como “pared” o contenedor de estos seres o personajes (Mágico momento, 2019-2020); el segundo como cielo (que vemos a través de ventanas que emulan imágenes a lo Magritte). El segundo caso aparece en varias obras como Él allá y yo aquí, 2019 y Ella observa a los jugadores, 2019, entre otras más. También cuando representa el agua (que a veces toma el lugar de los pisos). O simplemente en espacios indefinidos. 

 

Hay pinturas en las que el color del fondo “unifica” el escenario. Cuando esto pasa parece haber cierto “orden” en el espacio. Sin embargo, en otros momentos, impera el caos. Ello es particularmente visible en varios collages (en segmentos de figuras recortadas sobre fondos desordenados como en Ellos siguen sueltos, 2019) y en pinturas de gestualidad espontánea e informal como En familia, 2018 y En mi habitación, 2018). 

 

La mirada es otra obsesión presente en la obra de Johan. Cuando aparece como un elemento disperso en el espacio pictórico –a veces de forma reiterada–, nos llama, nos vigila, aunque sean Ojos que no ven (2019). Sin duda el ojo visto en forma aislada del rostro es más que un elemento compositivo. Es más que una formalidad plástica. Es una continua llamada de atención. Es una mirada insistente que conlleva la idea de un juicio o una revelación. O tal vez sea la puerta de entrada hacia una introspección. 

 

 

La mirada del otro 

 

Como decíamos, en las obras de Johan hay una insistencia en la mirada. No sólo en los ojos dispersos en el espacio con actitud vigilante. También en la que aparece en la mayoría de los rostros de la serie Seres internos, título que orienta este importante eje temático en la exposición. 

 

Destaca en estos trabajos su frontalidad. Son rostros que nos miran, nos increpan directamente. Pese al difuminado aplicado en la mayoría de las bocas, estos rostros gritan. Gritan en medio de la represión que produce el silencio forzado (Te sigo observando, 2019; Serie Seres internos, 2019). Muchas de estas miradas hablan de desesperación, terror, angustia extrema (Serie Seres internos, 2019). Es aquí donde recae, como antes señalamos, el peso de lo real. Johan Galué retrata la condición humana desde la frágil y a la vez intensa interioridad de sus personajes. Para producir estas resonancias emocionales apela no sólo al dibujo y al pigmento. También al encolado de materiales, a todo aquello que le permite intensificar la representación de una agonía (Serie Seres internos, 2019). En Seres internos la mirada del otro parece que se nos devuelve. Es la realidad frontal, directa, sin metáforas. Es emocionalidad pura. 

 

Por todo lo aquí expuesto cabe concluir con la idea inicial de este ensayo: Johan Galué es un artista cuya obra y pensamiento se mueve entre la magia y la emoción. Dos maneras de entender el mundo desde una mirada interior.  

 

Susana Benko. Investigadora de arte, curadora y docente. Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Coordinadora Editorial de la revista ArtNexus en Venezuela.

INFORMACIÓN DE LA EXPOSICIÓN ACTUAL

Fecha Inicio:
16/05/2020

Fecha Fin:
31/07/2020

Dirección:
Av. Universidad con prolongación
Cecilio Acosta

Sala:
Sala 2

Artista:
Johan Galué